La
arquitecta y urbanista ha publicado su último libro 'Mujeres, casas y
ciudades. Más allá del umbral', un repaso por la historia de la
arquitectura y el urbanismo a partir de las aportaciones realizadas por
mujeres que han sido silenciadas en la Historia.
“Valga afirmar una obviedad, que sin las actividades de reproducción es
imposible e inviable cualquier actividad productiva”. Es una de las
frases introductorias del último libro de la arquitecta Zaida Muxí,
‘Mujeres, casas y ciudades. Más allá del umbral’ (dpr-barcelona, 2018),
en el que abre las puertas de las viviendas para descubrir el vínculo
directo entre su interior y la edificación de la familia nuclear y el
sistema capitalista.
El menosprecio de los trabajos relacionados
con los cuidados está urdido también en la estructura de las casas. La
especialización espacial de las viviendas nobles y burguesas de los
siglos XVII y XVIII inicia la importancia de representar la vida privada
para construir al hombre público. En esa fórmula se concede un lugar
invisible a la mujer, como soporte de toda esa representación.
La
obra recoge más de ciento cincuenta nombres de mujeres, sus
aportaciones y sus biografías. A través de ellas, Muxí escribe los
espacios en blanco de la historia universal de la arquitectura y del
urbanismo. La primera en obtener el título de arquitecta fue Mary Louisa
Page en la Universidad de Illinois, en 1878, pero antes y después de
ella, muchas contribuyeron desde diferentes ámbitos a crear teoría y
práctica para ambas disciplinas, en las casas y en las ciudades.
Zaida
Muxí es doctora en arquitectura. Es una de las fundadoras del
Col·lectiu Punt 6 de investigación y difusión de urbanismo con
perspectiva de género y de la red de investigación y visibilización
Un día una arquitecta.
Ha sido codirectora durante una década del máster Laboratorio de la
vivienda del siglo XXI y codirige el Congreso internacional de vivienda
colectiva sostenible . Reclama un cambio de paradigma en arquitectura
que tenga en cuenta la diversidad y la sostenibilidad y el desafío de
“construir un espacio sin género ni orden patriarcal y, por tanto, sin
jerarquías”.
P. Dice que presentar una historia de la
arquitectura hecha por mujeres es tarea complicada porque se enfrenta al
rechazo de quienes creen que la historia ya está bien contada, y que si
ellas no figuran es porque no han realizado aportaciones destacables.
¿Cuál es la realidad?
R. A pesar de las dificultades, sí que
ha habido mujeres que han aportado desde muchos ámbitos a construir el
hábitat rompiendo con los corsés de los conocimientos. No solo desde la
arquitectura, a veces son ingenieras, muchas proceden de otros ámbitos,
no siempre con una titulación académica, pero con la experiencia como
conocimiento.
P. Se ha centrado en la vivienda como elemento
relegado de la gran arquitectura, a no ser que se trate de una pieza de
autor. Sin embargo, es un componente esencial de los tejidos urbanos.
R.
Se da una doble o triple negación con respecto a la importancia de la
vivienda. La primera es que, aunque la mayoría de los que se dedican a
la arquitectura harán viviendas, en la formación académica recibe una
atención relativa menor y muchas veces no puede ser tema de proyecto
final de carrera, no se le concede suficiente relevancia, se la
considera un proyecto sencillo. La segunda es que para muchas mujeres el
ámbito posible del desarrollo profesional ha sido el espacio doméstico,
la vivienda, y esta presencia de las mujeres trabajando en lo cotidiano
se ha considerado poco relevante. Pero cuando han sido los hombres los
que han hecho vivienda, escapan del valor de lo doméstico para ser
transformadas en monumentos, en obra singular
P. El hogar,
tal como lo conocemos hoy, es una realidad históricamente reciente
cimentada en el asentamiento del capitalismo y de la clase social
burguesa. ¿Cómo se transforma la vivienda para albergar a la familia
nuclear hegemónica en el marco de la eclosión de la ciudad, a mediados
del XIX, y cómo pasa a convertirse en el espacio privado que es hoy?
R.
Por la cultura que nos han transmitido tenemos la creencia de que la
familia siempre ha sido esa y parece que es el siglo XX el que ha venido
a cambiarla. La familia nuclear es una invención del siglo XIX. La
industrialización trae consigo la separación fábrica versus casa y la
especificación de quién vive en esa casa: familia formada por padre,
madre y dos o tres hijos, persona que gana el sueldo, persona que cuida y
personas cuidadas.
Eso ni ha sido así siempre ni es así ahora y
sin embargo la vivienda está pensada para esta unidad, y refuerza una
jerarquía desde los propios espacios interiores. Hay una habitación más
grande con baño privado para la pareja; la casa es el espacio del
descanso y recuperación del hombre, del guerrero, y para la mujer es un
espacio de obligaciones, de duro trabajo permanente y oculto.
P. El concepto de ‘hogar, dulce hogar’ parte de la experiencia masculina.
R.
Soledad Murillo lo explica muy bien en ‘El mito de la vida privada’.
Cómo la familia se regula por el derecho natural. Considera que no puede
hablarse de espacio privado para las mujeres ya que el espacio privado
solo es posible para quien puede abstraerse voluntariamente de lo
público, derecho del rol de género masculino. Reclusión no es
privacidad. La casa es un espacio de tareas inacabables, con su propio
orden y organización, que establece el lugar adecuado de ser mujer.
Contrasta
con la idea de una casa vista como algo mítico desde el punto de vista
del reposo del guerrero, que no coincide con la realidad y que se
conforma con unos espacios muy predeterminados. Esa casa inmóvil ni
siquiera sirve a lo largo de la vida de esa supuesta familia modelo
nuclear porque se va modificando en su propia historia, mientras crecen y
cambian sus integrantes.
P. ¿Esa idea de la casa solo como
descanso no coincide con la de mujeres de fuera de la clase trabajadora,
que contribuye a hacer invisible la carga de trabajo doméstico y de los
cuidados?
R. No, porque la casa, su orden y su correcta
gestión -de espacios, economía, tareas y personas- ha sido asignada a
las mujeres, más allá de otros trabajos que pueda tener, aunque no haga
con sus propias fuerzas las tareas. Es una cuestión de asignación de
lugar y responsabilidad.
P. El libro es también un glosario
de mujeres. Algunas fueron detonantes de grandes cambios, aunque su
aportación se haya diluido. Flora Tristán (1803-1844) fue pionera en
denunciar las desigualdades, la insalubridad y la contaminación de las
grandes ciudades. En su obra 'Paseos por Londres' (1840) habla de las
infraviviendas, antes incluso de que lo hiciese el grueso de los
higienistas que impulsaron el nacimiento del urbanismo.
R.
Ese libro es coetáneo a la obra de Edwin Chadwick (1800-1890), que
estudió por orden del Parlamento la situación insalubre en la que vivía
la clase obrera, aunque para él la solución estaba en manos de los
propios habitantes. Sin embargo, la obra de Flora Tristán es poco
conocida hoy y en ella reflexiona y pone en cuestión una ciudad que se
entendía como la más avanzada del momento. Se adelanta con su denuncia a
la famosa obra de Engels ‘Contribución al problema de la vivienda’
(1873).
P. La burguesía fue una fuerza esencial para la
construcción del modelo de sumisión familiar. Además, ya a principios
del XIX empleaba la mayor precarización de las trabajadoras fabriles
como arma de disgregación de clase.
R. Las mujeres
burguesas eran el ideal al que todas debían aspirar. La carga de trabajo
para las mujeres trabajadoras dentro y fuera del hogar era enorme. Se
usaba el peso de la moralidad y la culpa por si los hijos no están
suficientemente limpios, la casa suficientemente ordenada… Esto sigue
siendo así.
La burguesía, efectivamente, generó el
enfrentamiento salarial entre hombres y mujeres al tiempo que instauraba
como modelo la mujer ‘ángel del hogar’. La realidad es que el trabajo
de las mujeres en las fábricas no disminuía. En Cataluña, en 1839 un
38,5% de los trabajadores eran mujeres y un 8,7% niños y niñas.
P.
A lo largo de la historia del diseño de las casas en las grandes
ciudades ha habido propuestas de mujeres para disminuir la carga del
trabajo doméstico, muchas a través de espacios de colectivización, pero
parece que seguimos en un punto parecido.
R. Cuando Melusina
Fay Peirce (1836-1923) reivindica las casas sin cocina y acuña el
término ‘cooperative housekeeping’, proponiendo la eliminación de los
trabajos del hogar individuales, la revista ‘Architectural Record’ de
1902 acaba exponiendo la preocupación hacia las residencias familiares
en apartamentos con labores compartidas ya que eso supone más tiempo
libre para las mujeres. Eso significaba un peligro en el momento en que
las sufragistas estaban en la calle pidiendo el voto. Un peligro para la
continuidad de la especie americana, ya que las mujeres no van a poder
criar si están en la calle.
Hay otros muchos ejemplos. Margarete
Schütte-Lihotzky (1897-2000), que fue la primera arquitecta austríaca,
comenzó a trabajar en 1921 en la Secretaría de Vivienda de Viena y formó
parte activa de la resistencia durante la II Guerra Mundial. Dio
soluciones pensando en especificidades diferenciales, no la solución
única y universal. Proyectó la conocida
Cocina de Frankfurt en
1927, la primera cocina modular con todos los detalles para la máxima
eficiencia. Antes, se había ocupado de mejorar las condiciones de
trabajo de las mujeres en los hogares, planteando las primeras zonas
húmedas, lavandería, cocina y limpieza corporal, en los interiores de
las viviendas. Uno de sus proyectos de viviendas estuvo destinado a
mujeres solas y, otros, a plantear la casa crecedera como una opción de
acceso a la vivienda para las familias con menos recursos en el período
de entreguerras en Viena.
En esa búsqueda por disminuir la carga
del trabajo doméstico están, por un lado, aquellas propuestas que no
cuestiona el lugar de las mujeres como responsables y que estudian la
cocina como una pequeña fábrica. Por otro, la que considera que las
tareas domésticas no han de estar asignadas a las mujeres ni carecer de
remuneración, y que ven la necesaria reproducción social como
responsabilidad compartida. Pero no hay una única solución perfecta para
la vivienda, sino un abanico de posibilidades adaptables a cada
realidad. La posición o blanco o negro es un fallo de la modernidad.
P.
Habla del mobiliario medieval como algo móvil, transformable o plegable
que adapta los espacios. ¿Se podría traer a una nueva concepción de
casa sin divisiones de hoy?
R. Los muebles que se esconden o
pliegan no siempre funcionan, si bien no deja de ser una idea que
siempre ha atraído al mundo del diseño y la arquitectura. Sin embargo,
muchas veces no se tiene en cuenta que esta posibilidad de escamotear
requiere de un trabajo y unas circunstancias de orden en la casa que no
siempre se tienen, por lo que lejos de mejorar puede empeorar la
situación.
Catharine Beecher (1800-1878), una de las primeras
tratadistas sobre la vivienda y vida doméstica, plantea que las cosas
sirvan para más de un uso, sin necesidad de mucha transformación, que no
es necesaria una gran mesa para la comida de navidad, sino una mesa que
se adapte a varias utilidades. Beecher no cuestionó el rol de la mujer,
pero estudió cómo facilitar el trabajo.
P. En su libro se
plantea el 'cohousing', la vivienda compartida, como oportunidad de
ruptura con los roles tradicionales dentro de las casas. ¿En qué se
diferencia esta opción del 'coliving', un término que últimamente se
emplea como si fuese la última tendencia de moda en las grandes
ciudades, sin mencionar que es el resultado de alquileres muy elevados,
salarios bajos y un mercado laboral fraccionado y precario, y que a
priori no tiene nada de emancipador?
R. Sin duda, la crisis
ha sido el disparador del ‘coliving’, que incluye a quien necesita
compartir por razones económicas un piso o una casa. No es el mismo
proceso del cohousing, que requiere de un compromiso social por cambiar
situaciones de responsabilidad y ayuda mutua diferente al que estamos
habituados. El ‘cohousing’ debe trascender la solución económica. La
posibilidad de la propiedad colectiva y cooperativa de una vivienda ha
estado dificultada por la legislación, es una acción de compromiso
político en el sentido de considerarla como bien de uso y que conforma
conceptualmente y espacialmente una red de soportes mutuos. Otra de las
bases del ‘cohousing’ es la corresponsabilidad social de los cuidados.
Es un modelo que puede ayudar a una verdadera igualdad de oportunidades
para mujeres y hombres.
P. Jane Jacobs, menospreciada en su
día, es hoy un referente del urbanismo. Su obra 'Muerte y vida de las
grandes ciudades' (1961), que usted prologó para la reedición en español
(Capitán Swing, 2011), sigue teniendo una demoledora vigencia. Jacobs
criticó la descentralización que defendía inicialmente Lewis Mumford, la
ciudad radiante de Le Corbusier o la city beautiful de Chicago. ¿Qué
peso han tenido estos modelos de arquitectura en la configuración de
nuestras ciudades?